Guillermo Tella, architect + urban planner

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La experiencia ´Luna Park´
convive, persiste e implora

El “Madison Square Garden” en New York, el “Chicago Stadium”, el” Palais des Sports” en París, el “Ibirapuera” en San Pablo, el “Palacio Peñarol” en Montevideo, y tantos otros han sido estadios construidos por sólidos empresarios, por poderosas corporaciones o por entidades deportivas económicamente solventes. El caso del Estadio “Luna Park” de la Ciudad de Buenos Aires, en cambio, es obra de dos hombres que se hallaban lejos de poseer recursos para acometer, aparentemente, tamaña empresa. Así nos lo expresaba -una década atrás, en amenas charlas compartidas- el querido Juan Carlos “Tito” Lectoure.

 

Por tal, ha ido creciendo y desarrollándose a la manera de un organismo viviente, desde su despojada apariencia inicial hasta la refinada fisonomía actual. Su historia, compleja, entreverada y desprovista, puede explicarse mediante dos lecturas contrastadas: como empresa de espectáculos y como obra de arquitectura. Desde un enfoque como empresa de espectáculos, son reconocibles tres momentos diferentes, vinculados al producto comercial ofrecido:

● de 1912 a 1923: circo, teatro al aire libre, festivales y bailes de carnaval.
● de 1923 a 1987: boxeo -como actividad primaria- y sala de espectáculos.
● de 1987 en adelante: sala de teatro y espectáculos como única actividad.

Como obra de arquitectura, se observan cuatro escenarios a partir del proceso evolutivo de su construcción:

● de 1912 a 1931: etapa ambulatoria; no hay obra aún, sino alquiler de predios.
● de 1931 a 1951: asentamiento y construcción del estadio, en predio alquilado.
● de 1951 a 1987: ampliación e introducción de confort en el estadio construido.
● de 1987 en adelante: transformación del estadio en una sala de espectáculos.

 

 

Un fatigoso deambular: 1912/1931

Domingo Pace, nacido en Italia en 1870, fue el incursor en Buenos Aires en 1912 del nombre “Luna Park”, si bien ya había sido utilizado como sinónimo de parque de diversiones en varias ciudades europeas. Pace se inició como administrador en la célebre Plaza Euskara en 1882, y veinte años más tarde logró arrendar los campos de la Sociedad Sportiva, de la Sociedad Rural de Palermo y del Velódromo Municipal.

En 1910 trasladó su parque de diversiones a la calle Corrientes 1065, un par de años después se ubicó en el local de Rivera 641 -donde introdujo el nombre por vez primera-; y en el ‘16 obtuvo la concesión de los terrenos de Corrientes 1066 (frente al anterior) para ofrecer espectáculos de teatro al aire libre.

Cuando en diciembre de 1923 el Concejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires sancionó una ordenanza levantando la prohibición de ofrecer espectáculos de boxeo y legalizando la práctica profesional en el ámbito de su jurisdicción; Domingo Pace, asociado con Della Volta y Luis Bordigone, encararon inmediatamente la presentación de espectáculos pugilísticos en Corrientes 1066. La sociedad fracasó y se disolvió.

 

 

Acto seguido, recurrió a su hijo -Ismael- para la reorganización de la empresa. Este no aceptó colaborar sin la presencia de su amigo de la infancia -José Lectoure-, quien ya había sido campeón argentino amateur. En 1925 sorprendió el fallecimiento de Domingo, y dejó solos a Ismael Pace y José Lectoure trabajando en verano al aire libre en “el Luna” de Corrientes, y en invierno en el vecino Circo Hippodrome, de Carlos Pellegrini y Corrientes; que había sido arrendado para afrontar el receso invernal, con capacidad para más de dos mil espectadores.

Y en 1926 el progreso emergió. La inminente apertura de una avenida 9 de Julio y de Diagonal Norte, aunado al virtual ensanche de la calle Corrientes, los forzaba a desalojar los locales para su demolición. Este acontecimiento abrió paso a un nuevo deambular por escenarios diferentes: el Teatro Romano del Parque Japonés, el Teatro Coliseo, el Teatro Nuevo, los estadios de Boca Juniors, San Lorenzo y River Plate.

 

 

El gran galpón del Bajo: 1931/1951

Pace y Lectoure buscaban incansablemente un sitio donde instalarse definitivamente, hasta que en 1931 dieron con el solar ubicado entre las calles Corrientes, Bouchard, Lavalle y Madero. Superados algunos inconvenientes, se alquiló el baldío al Ferrocarril de Buenos Aires al Pacífico, y rápidamente las obras se pusieron en marcha. Audaces y emprendedores, se pusieron a construir un estadio en un predio alquilado.

Con una pequeña cantidad de dinero comenzaron los trabajos; pero el monto previsto para toda la obra alcanzó sólo para los cimientos, dado que era terreno ganado al río y fue necesario pilotear todo el área. La empresa Mariani Hnos., en el último trimestre de 1931, fue la responsable de hincar 183 pilotines a 18 metros de profundidad (de los 4 o 5 m. previstos) hasta encontrar suelo firme.

Inmediatamente después del encadenado se ejecutó una platea de hormigón de 17 cm. de espesor en toda la extensión del terreno. En la charla mantenida, Tito Lectoure nos señalaba: “Culminados los trabajos de fundación, se encontraron sin centavo alguno. Todo lo que habían podido realizar estaba bajo tierra”.

 

 

Con estructura combinada de hormigón, hierro y madera, se fueron levantando las tribuna y el ring. Totalmente desprovistos, al aire libre y con tres tramos de tribunas habilitadas (sobre calles Corrientes, Lavalle y Bouchard), con los bailes de carnaval de febrero de 1932 se inauguró el estadio. A medida que se recaudaba, se avanzaba con la obra. La tribuna sobre Madero, el techo y la compra del terreno fueron afrontados en años posteriores.

El director de la empresa Mariani Hnos., el principal acreedor, no sólo accedió a postergar el cobro de su deuda sino que se comprometió a levantar rápidamente la cubierta (que costaba tanto como lo ya ejecutado). Una estructura metálica de cabriadas y vigas reticulares sostenían las chapas zincadas y generaban ciertos quiebres en su pendiente para provocar tomas de luz natural.

Se construyó por tramos y en julio de 1934 quedó habilitado. El techo aseguraba cierta estabilidad en los ingresos durante todo el año. El Luna -afirma Lectoure- sin techo era como una simple cancha de futbol, expuesta a las inclemencias del tiempo -frío, calor, lluvias- y con una precaria iluminación sobre el ring.

 

 

Excelencia como principio: 1951/1987

A partir de 1951 se hicieron responsables de la dirección de las obras los arquitectos Chiappori y Quiroz y los ingenieros Mariñelarena y Ogüeta, y en ese mismo año se encaró una profunda remodelación que, en fachada, le otorgó una imagen similar a la que conocemos hoy.

Dado que por Ordenanza Municipal se exigía la construcción de recovas sobre “la última avenida de la ciudad”, los propietarios del estadio argumentaron a la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires que la avenida Leando N. Alem ya había dejado de serla para pasar a ser la avenida Eduardo Madero y, a la vez, solicitaban autorización para construirla.

El permiso les fue concedido, se hizo la recova sobre Madero y sobre ella obtuvieron 11 escalones más como prolongación de la tribuna (esto implicó un incremento en aproximadamente 2000 espectadores). Allí paso a ser -sostiene Lectoure- un estadio cerrado con una capacidad para boxeo de 23700 personas.

 

 

El principal inconveniente a salvar para el franco apoyo de la recova, y que adquiere un carácter llamativamente simbólico en el izamiento del Luna Park, ha sido el cruce del Canal Mayor de Obras Sanitarias de la Nación, de ladrillo abovedado de 7.50 metros de ancho, y el pasaje de un conducto de cables de alta tensión.

Luego de examinar diferentes propuestas, los arquitectos optaron por la interposición de un pórtico apoyado sobre las descargas de la bóveda del canal, sobre el cual apearon la columna de la recova. “La solución escogida -aporta Lectoure- fue inventiva del Arq. Kalnay y ha sido premiada en el medio local”.

 

 

Hacia 1953 quedó completado el frente actual. El edificio se calefaccionaba con 4 braseros a leña en las esquinas y entre frío, chispas y humatas se presenciaba el espectáculo. En 1958 se colocaron, entre la popular y el ring, 14 aparatos compuestos por un tanque de gas oil y un caño de 2.5 m. de altura. La situación mejoró un tanto; y recién en 1974 se instalaron 180 pantallas infrarrojas en bocas de acceso y en el perímetro del estadio.

En 1961 se concretó el siguiente gran paso: el cielorraso. Hasta entonces era el estadio cubierto más grande de Sudamérica, pero con aspecto de galpón. Chiappori y Quiroz diseñaron una estructura compuesta por chapas de aluminio y perfiles de hierro de siete toneladas de peso, sostenida por riendas desde las cabriadas.

Pero el espectáculo no podía detenerse, por lo que fue necesario efectuarlo por etapas, tribuna por tribuna. Los cuatro cielorrasos se terminaron en 1970 y seguidamente se procedió al embaldosamiento del piso de cemento; previa nivelación, dado que estaba preparado para un rápido escurrimiento de aguas llovidas.

 

 

La arquitectura mutante: 1987/1995

En 1987 se decidió el distanciamiento de la actividad pugilística y, por ende, fue necesario generar una motivación alternativa. Entre café y café, Tito Lectoure nos comentaba que su incorporación al Luna ha sido en el año 1956, y que a partir de entonces se produjo un cambio en la filosofía de empresa: “No más riesgos, se debe caminar a paso firme; si se cuenta con el dinero se encaran nuevas obras. De lo contrario, el estadio continúa funcionando en idénticos términos”.

 

 

De este modo, se inició la transformación del Luna de estadio deportivo a sala de teatro con 5000 localidades. Para un espectáculo importante trabajan cerca de 80 personas, entre personal jornalizado (porteros, boleteros, acomodadores, etc.) y mensualizado (administración, maestranza, mantenimiento, etc.).

En ese año, se contrataron los servicios del estudio de arquitectura Antonini-Schon-Zemborain, quienes se ocuparon de la remodelación del hall, recepción, oficinas y privado, salas VIP, boleterías y accesos. El escenario -de 27 metros de embocadura, 18 de profundidad y a 1.40 m. de altura, con desnivel para la orquesta- y el foyer -como los mejores teatros- requerían de un ámbito intermedio para recepción y tertulia.

 

 

Tito Lectoure sostiene: “La pasividad del espectador de ballet no es la misma que la del de boxeo; asimismo, nos dimos el lujo que, en plena función y luego de tanto años,  nos pidieran que bajáramos la calefacción”. Actualmente, el área fue objeto de la renovación urbana en torno a Puerto Madero.

Por ende, debido a la consecuente ampliación de las visuales desde esa perspectiva, se reformuló la fachada sobre la Av. Madero (principalmente, en el recambio de la carpintería y colocación de dobles cristales espejados, con cámara de aire), para consolidar una imagen que lo exhiba renovado y pujante.

 

 

Cuando Corrientes se cae al rio

“Si el Luna hubiera sido negocio -dice Lectoure-, habría más de uno. Sin embargo, desde hace más de sesenta años, es el único en la ciudad”. Una arquitectura geográfica y conceptualmente orillera, marginada de libros y revistas; que no se condice con el grado de incidencia que ha tenido en vivencias y actividades de la ciudad.

Una experiencia de borde, enclavada tentativamente en un área de solapamiento entre lo profesional, lo vernáculo y lo comercial. Anclada en la década del treinta, pero respondiendo a un proyecto tipológico, estructural y funcional, esencialmente decimonónico. Construido a empujones de audacia e imaginación, zigzagueó la ortodoxia de la arquitectura profesional y los carriles de la reglamentación municipal.

 

 

Audacia, necesaria para sortear obstáculos a priori insalvables, e imaginación, capaz de generar una respuesta austera, orillera y esencialmente flexible y maleable. El caso del Estadio Luna Park de Buenos Aires es la expresión manifiesta de una arquitectura que supo generar espacios de comunicación, de integración y de representación para una sociedad carente y acalorada.

Una obra signada por el esfuerzo, la persistencia y la tenacidad, con una propuesta formal contundente y, desde lo funcional, preparada para recibir con éxito todo tipo de espectáculo. Una arquitectura que convive austeramente en la imagen de ciudad, que persiste victoriosa ante el paso del tiempo y que implora reconocimiento frente a expresiones eruditas.

 


© Guillermo Tella
Versión adaptada del capítulo: Tella, Guillermo. “The Luna Park Stadium. A Living Organism”, del libro: “Luna Park: World Renowned Stage”, publicado en: Buenos Aires, MZ Manrique Zago Ediciones; 1999, pp. 31-41.